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LOS REMEDIOS DE LA ABUELA

Escrito por Asociación (el Sunday, 17 de May de 2009)

FUENTE: J. P. ABC CÓRDOBA.

Ana «la de los dedos verdes», que bien podrían llamarla por su atino en el cuidado de las plantas, sabe el latín de las flores. Lo de «los dedos verdes» se lo decía su abuela María a su madre acerca de Ana pues, al parecer, ya de pequeña, todo lo que plantaba terminaba floreciendo.

De la madre de su madre aprendió Ana Muñoz, que vive ya en los 72 años, cómo hay que tratar a las flores. Conoció de ella los trucos para criarlas con lustre y librarlas de los bichos con una fórmula tan sencilla como un simple corte de rama que ahora no siempre es suficiente.

Supo de ella los beneficios que el agua de lluvia tiene para las plantas y entendió mejor así que cuando el cielo la mandaba pusiera su abuela María «baños de zinc en los canalones» con la intención de hacer acopio y seguir regando en los días de sequía.

Desde entonces, muchas costumbres han cambiado o se han perdido. Ya no se meten los clavos en agua para aplicar a las hortensias cuando aquellos se han puesto mohosos y así «darle hierro» a esta flor, como hacía la abuela de Ana.

En los tiempos de su niñez no existía el problema de plagas que hay en la actualidad y los métodos que se utilizaban para acabar con los bichos que atacaban a las plantas eran de lo más sencillo, como indica Ana y refrenda la técnico del Instituto Municipal de Gestión Medioambiental (Ingema) Carmen Jiménez.

Tal y como cuenta, en la jardinería doméstica las plagas nunca fueron un elemento de importancia. Sólo con la utilización masiva de insecticidas en la agricultura a partir de mitad del siglo XX comenzaron a hacerse fuertes.

Y es que, explica Jiménez, estos productos químicos acabaron con los bichos que estaban llamados a combatir pero también con los insectos que, cumpliendo las leyes de la naturaleza, se alimentaban de ellos e impedían la existencia de plagas. En resumen, los insecticidas mataron a parte de «los malos» y a «los buenos», razón por la que, a día de hoy, es «difícil encontrar mariquitas que se coman los pulgones, o crisopas que engullen todo tipo de bichos».

Vuelta a lo tradicional

De ahí que Carmen Jiménez recomiende una vuelta a los remedios caseros y naturales para acabar con las enfermedades y bichos que impiden que las plantas vivan y luzcan sanas sin tener que echar mano de los productos químicos. Así se fomentaría que de nuevo se recuperen los insectos que por sí solos acaban con los bichos que dañan a las plantas y se evita el uso de venenos en la vivienda.

Aunque existen múltiples afecciones, las más comunes en la flora de los patios cordobeses son la araña roja, la mosca blanca, la cochinilla, el pulgón, la psyla del laurel, la cuscuta, planta parásita que se enreda en los tallos y chupa la savia; o la mariposa del geranio, que llegó hace relativamente poco tiempo a España procedente de África.

Se trata de una mariposa que vive en el sur del citado continente, donde existen «depredadores que la controlan», dice Jiménez. El problema es que en España no existían insectos que la comiesen, por lo que está afectando mucho a los geranios, si bien ya hay algunos que están aprendiendo a comer sus larvas y generando ese equilibro biológico del que habla la experta del Ingema.

De que haya años en los que algunos de estos bichos hagan más o menos daño de lo habitual es responsable el tiempo. Así, por poner un ejemplo, varios días seguidos de frío en primavera hacen un gran favor contra el pulgón aunque perjudiquen en otros aspectos.

En cualquier caso, Ana Muñoz utiliza los remedios que le enseñó su abuela, que pintaba los tiestos «con azulillo porque decía que repelía los mosquitos». En su recuerdo, Ana las pinta de azul.

El jabón potásico disuelto en agua lo ha utilizado en más de una ocasión la anfitriona del patio de Tinte para regar su limonero y ablandar el caparazón de los insectos, a los que también se puede repeler con agua en la que durante la noche se dejen reposar ajos triturados. Antiguo abono

Junto a ellos, uno de los más eficaces insecticidas es el tabaco, que bien puede usarse introduciendo colillas en la tierra del tiesto o procediendo de manera similar a la de los ajos y fumigando con el agua filtrada. También las ortigas maceradas en agua durante medio mes actúan contra algunos males de las plantas o los previenen.

El tránsito de visitantes no para en el colorido patio, como tampoco cesa Ana en sus populares pero sabias explicaciones, según las cuales, a la cochinilla que en ocasiones aparece en su aspidistra se la mata frotando con agua las hojas, aunque también es efectivo hacerlo con alcohol.

Son pequeños «secretos» que Ana conserva y a veces usa como usaría el estiércol con restos vegetales que siempre echó a las plantas si supiera dónde encontrarlo. También heredó esta práctica de su abuela, que iba a por él a las huertas que existían en el actual emplazamiento del Jardín Botánico, lo mezclaba con tierra vieja de la planta y lo introducía de nuevo en la maceta todos los años.

«Así se crían muy bien», cuenta antes de seguir relatando el hábito de su antecesora de introducir la especia del clavo en la tierra de los claveles para «darles olor». Una técnica que, como las decenas que sabe, debe estar aderezada con una perpetua atención y observación de las plantas, a las que hay que saber dar el sitio que quieren en el patio, pues, si no, no florecen.

En definitiva, todo un trabajo cualificado, aunque, afirma Ana sonriendo, «la gente piensa que esto es sólo poner macetas y regar...».

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